Antonio Escobar Delgado

Licenciado en Letras hispánicas por la Universidad Autónoma Metropolitana.

Investigador Titular en el Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli donde ha desarrollado los siguientes proyectos: Antonio López Mancera, escenógrafo y Cuaderno de escenografía; El Teatro de Ahora: un primer ensayo de teatro político en México, en coordinación con Israel Franco; Hacia una poética teatral de Jesús González Dávila; Teatro en México 1900-1990. Base de datos, CD en la segunda serie de la Biblioteca Digital del CITRU.

Se ha desempeñado como reseñista: Un siglo de teatro en México, Año 20, Vol 58, Dimensión antropológica del Instituto Nacional de Antropología; como prologuista: Doña Nieves, obra inédita de Mauricio Magdaleno, en colaboración con Israel Franco, versión electrónica de Gestos; como traductor Reescribir lo dramático o el aseo del muerto de Daniel Lemahieu, número 11, Espacio escénico; Lo vivo y lo virtual de Jean-Marie Pradier, número 3, Documenta CITRU; como articulista: Teatro en México (1900-1901) Esbozo para su estudio, núm, 2, Documenta CITRU; el artículo Ceguera o ceguedad, núm. 2, Educación Artística.

Recientemente participó en el Décimo Encuentro Internacional de Escuelas Superiores de Teatro en la sesión de desmontajes de las obras Shakespeare 2.1. Anagrama sobre México y Un molino para Cervantes en la Escuela Nacional de Arte Teatral.

Se desempeña también como fotógrafo de artes escénicas a la vez que reseñista de obras fotografiadas.

Le fue otorgada la Medalla al Mérito Universitario por la Universidad Autónoma Metropolitana y  Mención Honorífica por el Certificado de Lengua Francesa por la Alianza Francesa en México.


"XXXI ENCUENTRO NACIONAL de los AMANTES del TEATRO 2019"


Del 12 de enero al 3 de febrero se realizó el XXXI Encuentro de Amantes del Teatro en el teatro Isabela Corona, en la zona de Tlatelolco. Un lugar apartado del circuito de recintos teatrales tradicional que pensé -debo confesar- tendría poco público. Sin embargo, la asistencia en  general fue bastante aceptable.

Siendo parte integrante del Comité de Análisis y Testimonio por segunda ocasión, reconocí varios rostros entre el público que había visto en el Encuentro anterior, lo cual confirma, por un lado, la fidelidad de los espectadores al encuentro y que, por otro, el teatro ha sido vehículo de interés por el quehacer escénico, ya que entre las conversaciones de algunos, alcancé a escuchar que además de ir al teatro, van a conciertos y espectáculos de danza. El público fue diverso, lo mismo hubo jóvenes, que personas de la tercera edad, parejas o familias, por supuesto que hubo amigos y familiares, de tal modo que la sala tuvo siempre una asistencia más allá de la primera sección de butacas, es decir, se ocupó más de la mitad de la sala en cada ocasión que asistí.

 Ahora bien, los grupos que se presentan tienen siempre él mérito de mostrarse en el escenario, de exhibirse con todo su entusiasmo, con sus facultades, con sus carencias, con sus recursos tanto materiales como actorales, con su creatividad o no, y como en todo encuentro, hay obras destacables y otras no. Algunas destacan por el trabajo actoral, otras por su vestuario, otras por el texto mismo, pero el teatro es la conjugación de esos elementos y otros para hacer del montaje o escenificación un objeto verdaderamente escénico.

 No es mi propósito demeritar ningún trabajo porque como apunto arriba, al subir al escenario hay una exposición, una exhibición de quienes, en conjunto, participan en la obra, sin embargo, me detendré en aquellas obras que por su manufactura considero fueron sobresalientes. La mención de las obras en el orden en que lo haré no significa ninguna jerarquía, sino el orden cronológico en que las que vi, según el calendario de la programación.

 Una historia breve, sintética en la que el núcleo es el accidente de automóvil que tiene un grupo de jóvenes alcoholizados, es Lo volveré a intentar, de Ricardo López, que presentó el grupo del Centro Alaken y Laboratorio de teatro CBTIS 7, de Reynosa, Tamaulipas, dirigido por el mismo López. Para la escenificación, López se valió de  huacales de plástico negros y uno rojo, 18 en total, que en el juego escénico en ocasiones se utilizaron menos, formando distintos objetos, una plataforma, un pedestal, un banco, un asiento de auto, una máscara. Los jóvenes vistieron de negro, a excepción de un chica con blusa roja, ambos colores, simbólicamente, están relacionados con la fatalidad. Y es la fatalidad lo que se ve en escena, un choque de auto causado por la imprudencia de haber bebido y conducido. La dicha de los jóvenes, su ímpetu, su felicidad, sus deseos, su amistad se ven resquebrajados una vez que ocurre el accidente, el cual vemos una y otra vez desde distintos ángulos con todos sus efectos, al ralentizar el movimiento de los cuerpos por la sacudida y quedar inertes, dislocados en el piso. La acción del accidente es como si se apreciara un fractal, siempre con la misma forma simétrica, invariable en todos sus aspectos. Llamó la tención también el aplomo con que los jóvenes se plantaron en el escenario, la coordinación del movimiento de sus cuerpos apoyados por el juego de iluminación, se trató de una escenificación visual muy disfrutable.

Lo volveré a intentar, 2019. Fotografía: Antonio Escobar

Con La maraña, de Antonio González Caballero, se presentó el grupo de la Escuela Andrés Soler, dirigido por Renato de la Riva. Si bien en el trabajo actoral hay desigualdad, destaca quien interpretó el personaje de la niña. El artefacto que sirve de escondite a los jóvenes es funcional en cuanto a que más adelante será la tumba-cripta en la que quedarán atrapados, pero no así su visualidad, ya que al no tener ningún relieve se ve como una caja de zapatos puesta de costado; pero se entiende la intención de que esa caja es la ampliación de la que los jóvenes traen consigo y en la que se entiende que dentro de ella está la vida misma. Por otra parte, el juego escénico es reiterativo en los movimientos de los dos jóvenes que llegan a esconderse a la gran caja; el dinamismo de la obra lo establece el personaje de la niña, siendo interesante el juego final en el que las efigies comienzan a deshilar sus madejas de color violeta, de color de muerte para dejar atrapados a los jóvenes fugitivos.

La maraña, 2019. Fotografía: Antonio Escobar

Una puesta escénica muy sencilla por su economía de elementos, pero a todas luces interesante por su construcción textual, fue Ella 2.0, de Andrea Belén SánSa, dirigida por Eduardo Calderón Castillo, integrando el grupo Loa Teatro venido también de Reynosa, Tamaulipas.

Una historia de encuentros y desencuentros de dos chicas, los vaivenes de toda relación amorosa en la era de los dispositivos digitales, es lo que se ve en escena, sin embargo llamó mi atención la textualidad dramática -si todavía vale llamarla así-, ya que no se atiene a la construcción tradicional del drama, es lo que algunos llaman narraturgia y otros texto posdramático. Como sea, sin pretender pegar etiquetas, se trata de un texto ágil, fresco, sencillo como ya mencioné, que se acompaña apenas de elementos mínimos para cobrar toda su efectividad; un par de módulos que sirven de bancos o bancas, de los que se extraen el atrezzo necesario para cada situación, respaldado el texto y los fragmentos de las acciones por una luz azulosa permanente que baña por completo el ciclorama, todo por supuesto sustentado y sostenido por una esplendida actuación de las jóvenes Sara Márquez Acosta y Edafné Lara Rodríguez.

Ella 2.0, 2019. Fotografía: Antonio Escobar

Francisco López Mejía interpretó a don Anselmo, personaje de la obra del mismo nombre, Don Anselmo, de Arturo González González, dirigido también por González González. La historia que va en el sentido de lo que significa ser viejo, alguien con dolencias, con deseos frustrados, solo, sin compañía y al parecer sin importarle ya a nadie, fue resuelta escénicamente con un perchero, una silla mecedora, un mesa y una silla que fueron puntos de referencia para el actor que memorizó íntegramente su monólogo, no así los desplazamientos que tenía por hacer, ya que en varias ocasiones quedo fuera de la zona foco, es decir, iluminada; pecata minuta, porque es digno de resaltar la edad del actor tal vez de 70 o 75 años, quizá más. Un monólogo siempre será difícil de interpretar, así como difícil de dirigir a fin evitar la reiteración del tono vocal, y la repetición de los movimientos sin dar variación a la visualidad. Aun así, Francisco López Mejía consiguió conmover a buena parte del público con su interpretación, pues alcance a ver a algunas espectadoras limpiándose las lágrimas de los ojos.

Don Anselmo, 2019. Fotografía: Antonio Escobar

Como en el Encuentro anterior, no podía faltar la obra musical que en esta ocasión abordó la ópera. El grupo L'Arte della Perla presentó su muy sui generis espectáculo Dragópera, que abordó temáticamente la identidad de género con el canto de arias del periodo barroco: el personaje que en un momento trascendente, su boda, decide ya no ser hombre, sino mujer. No podría decir nada acerca de las tesituras vocales, pues  mi oído no fue educado musicalmente, sin embargo se escucharon voces sumamente potentes y seductoras.

 Sin duda fue el espectáculo con mayor recursos invertidos, simplemente bastó con ver el vestuario, los vestidos ampulosos ahuecados por miriñaques, confeccionados con telas brillantes y coloridas; el maquillaje y los tocados que ciertamente evidenciaron la estética drag; el acompañamiento musical con un órgano electrónico; cambios constantes y variados de iluminación; sin apoyos de atrezzo, salvo el tapete verde desgastado y hasta raído, con el que se pretendió crear tableaux vivants, pero que visualmente no hizo armonía con el lujoso vestuario. Un trabajo profesional que cautivó al público.

Dragópera, 2019. Fotografía: Antonio Escobar

La compañía Mx Cine y Teatro Cinco 8 llevó a la escena el conocido texto de Samuel Beckett Esperando a Godot. Se podría decir que cada nueva escenificación de la obra del dramaturgo irlandés pareciera ser la misma o una extensión inacabable, infinita, puesto que los elementos de localización de la acción apuntados en el texto siempre son semejantes, lo mismo que la vestimenta de los personajes; la figura de un árbol, un camino y una luna llena, trajes desgastados, sombreros con el infaltable bombín. Pero en este caso, Fernando Juvenal, el director, que incluye los mismos elementos, la proyección de un árbol seco en el ciclorama, el camino trazado en sus bordes por dos cuerdas, la también proyección de la luna, los trajes y los bombines, añade el aspecto terroso y hasta petrificado de los rostros de los personajes Vladimir y Estragón. ¿Cuanto tiempo llevan esperando, cuántos caminos han andado para que el polvo se acumule en sus ropas y en sus cuerpos?

 La propuesta escénica abarcó lo ancho del escenario con las cuerdas que lo atravesaron en forma oblicua, y si bien el cielo de la proyección del árbol seco no abarcó la totalidad del ciclorama, eso fue suficiente para denotar el páramo que habitan los desolados personajes.

 En fin, el trabajo de este grupo fue soberbio, esplendido, sobrio en su manufactura como ningún otro.

Esperando a Godot, 2019. Fotografía: Antonio Escobar

 

febrero 2019
Antonio Escobar Delgado